¿Esto no es (solo) un libro?

Cuando por primera vez abordé el campo de la literatura infantil digital una de mis preocupaciones principales era la de mantener la pureza literaria, la de no confundir literatura digital con videojuegos o con recursos educativos.

Hace poco he empezado a reflexionar más a fondo sobre las diferentes formas de contar historias, las narrativas transmedia, las cross-media (aprovecho la ocasión: para los muy interesados en el tema no se pierdan esta fabulosa entrada en Biblumliteraria).

Y así ha sido, pensando en cómo las historias pasan del papel a las pantallas y de ahí a la voz de una madre o viceversa, que me ha dado por cuestionarme si la clave en narrativa no será la experiencia de ficción, al margen del medio (¡eureka!). Y entonces pensé en los mundos que creamos los seres humanos y en los que ocurren cosas.

Los seres humanos escritores crean mundos y los hacen públicos a través de palabras, los seres humanos ilustradores lo hacen mediante imágenes, y los niños cuando juegan en sus casas crean mundos mentales privados a partir de, por ejemplo, camas de matrimonio que se convierten en castillos, alfombrillas de baño que se deslizan como barcas por los pasillos-río de la casa, camisones que hacen de vestido de gala…

¿Quién no ha creado mundos en su cabeza? ¿Quién no ha dado clase a unos peluches enfilados en la cama? ¿Quién no ha visto morir a un muñeco en medio de una batalla campal en la habitación, aunque a los ojos del adulto esta estuviera desierta? Hagan la prueba: traten de acordarse de sus mundos ficcionales de la infancia, ¡resulta sorprendente lo elaborados que son y el detalle con el que se recuerdan!

Y ahora piensen en los libros, en las películas, en los videojuegos para niños. De manera más o menos dirigida por un artefacto (y sus mediadores), el proceso es similar. La parte creativa del niño se ve reducida con respecto a los juegos espontáneos, por supuesto, normalmente (en los mejores casos) a favor de una mayor sofisticación en las tramas, en los escenarios, en los personajes… Una sofisticación que, si logra calar en la mente del lector-espectador-jugador, podría propiciar futuros juegos espontáneos más sofisticados. Este proceso se llevaría a cabo a través de un aprendizaje más o menos natural, por exposición y mediante la guía del adulto.

Si la capacidad creativa se mantiene hasta el aprendizaje de la escritura, el niño que creaba mundos ficcionales en la intimidad de su cuarto podría verse impulsado a crearlos también en la intimidad del papel o la pantalla (o cualquier medio). Puede ser, quién sabe, que ese niño sienta la necesidad de contar qué ocurre en esos mundos, de inventar personajes que realicen acciones según su carácter y sus objetivos.

¿Y eso qué sería: juego, literatura o aprender a escribir? ¿Se adquiere a través de los libros, del cine, de la escuela o de los (video)juegos? ¿Y si son tres -o más- partes de un todo indisoluble? ¿Y si la necesidad de experimentar, descubrir e inventar historias no se traduce en el levantamiento de fronteras y definiciones limitadoras? Entonces creo que los que aún no estábamos convencidos (siempre hay otros en la vanguardia) tenemos que revisar nuestra concepción de lo literario.

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