Nueva oleada en la LIJ digital

Hablar de “oleadas literarias” puede ser peligroso. Uno tiene siempre la sensación de que delimitar momentos en algo tan dinámico y poliforme como la creación artística es faltarle al respeto, y más si creemos firmemente que los sistemas de creación conviven hilvanados a lo largo de la historia. No existen textos sin sus precedentes, de la misma manera que una ola no es otra cosa que, en esencia, agua salada con forma de amenaza.

Aun así, somos seres narrativos anclados en el fluir de tiempo y por ello nos gusta entender las cosas a partir de la evolución y el cambio. No podía, por tanto, ser de otra forma en la literatura digital infantil y juvenil, que parece no sólo estar cambiando de manera evidente sino que encima lo está haciendo al ritmo acelerado que caracteriza el desarrollo de sus lectores.

Aunque la literatura electrónica lleva ya paseándose por el mundo varias décadas, fue la llegada del iPad lo que generó su verdadera revolución creativa en el marco específico de la LIJ. Las posibilidades que un dispositivo táctil, interactivo y multimodal podían ofrecer a esas generaciones nacidas en una sociedad totalmente digitalizada convirtieron el mercado de las apps en un campo especialmente fértil para la edición de obras que, con más o menos precisión, podríamos considerar LIJ electrónica.

Los estudios de la academia han ido llegando más tarde, pero con bastante consenso en cuanto a su caracterización. Bien a partir del análisis profundo o como consecuencia colateral de la fuerte raigambre de estas obras con el pasado de la LIJ en papel, los investigadores han ido poniendo en relieve cierto conservadurismo en el proceso creativo de esta primera “oleada” de literatura electrónica para niños y niñas. El exceso de paralelismo constructivo con el mundo del álbum, la introducción periférica y accesoria de muchos de sus recursos interactivos o el profundo vínculo temático con franquicias ya existentes en el mercado han sido ideas compartidas entre quienes nos dedicamos al análisis de este nuevo sistema literario. Y han sido especialmente sufridas entre quienes hemos tenido claro desde el principio que el horizonte de posibilidades creativas que se le abría a la LIJ con su entrada en el espacio digital era emocionante y revolucionaria.

Pero a pesar de su aletargado despertar, en el último año y medio hemos empezado a observar ya un progresivo y continuo fluir de propuestas que podemos considerar nativas digitales. Nativas no sólo en cuanto a su creación exclusivamente digital, sino también en cuanto a que son obras que le hablan a sus lectores en digital, que huelen a electrónica y que utilizan sus recursos con la naturalidad de quien pertenece a ellos.

El mejor ejemplo de esta transición puede que lo represente la epifanía del conocido autor de álbumes como Martes, Flotante o El señor Minino, David Wiesner, quien, al ver el rango de oportunidades creativas que la tableta digital le ofrecía, espetó un simbólico “Wow, esta podría ser una buena forma de explorar una idea a la que llevo dando vueltas desde la Escuela de Arte”. Esa idea era la de generar un complejo universo de escenarios interconectados a explorar mediante la navegación y, evidentemente, la suma de un entorno electrónico y una pantalla táctil lo hacía posible. El resultado de todo esto ha sido el reciente lanzamiento de Spot, una obra que, a pesar de quedar aún lejos del ideal de “ficción total para niños y niñas”, da un golpe sobre la mesa en cuanto a la autoafirmación de las posibilidades literarias específicas del medio electrónico.

Además, con Spot, Wiesner se suma a lo que esperamos que sea una tendencia creativa dentro del panorama de la LIJ infantil: la pérdida del miedo ante la ruptura de las limitaciones de la página impresa. Y hablamos de tendencia porque antes que Wiesner, los que no tenemos miedo a las etiquetas ya habíamos podido disfrutar de obras interactivas poco preocupadas en ofrecer una experiencia de lectura tradicional.metamorphabet

Piezas como BlaBla de Vincent Morisset (ya mencionada en este blog) o los “juegos” de Patrick Smith (VectorPark), ya habían provocado un cambio en nuestro horizonte de expectativas como lectores digitales. Es cierto que ninguno de los dos se ha declarado fiel al panorama LIJ electrónico -¿realmente queremos que así sea?-, pero el reciente lanzamiento de Metamorphabet, el precioso, sugerente y brillante abecedario interactivo de VectorPark, vincula de manera inevitable su arte con el escenario creativo Infantil y juvenil.

celestial

También sin vinculación explícita con el universo literario digital encontramos a los chicos de Simogo, quienes, a pesar de incluirse a sí mismos dentro del mundo del videojuego independiente, han demostrado una incuestionable capacidad para la creación literaria electrónica.

Su obra The Sailors Dream, publicada en 2014, plantea un universo narrativo (¡textual!) sin jerarquía, orden ni estructura estable pero que utiliza perfectamente la intriga para engarzar a sus lectores y hacer que sean estos quienes a través de la exploración de los escenarios recompongan los sucesos acontecidos. Una historia de emociones íntimas en torno al desamor y la libertad que se vale de los nuevos medios para ser contada, y es que, volviendo a Wiesner, “Cada historia necesita su propio formato”.

Y eso es precisamente lo que queremos y estamos empezando a percibir en esta incipiente “segunda oleada” de LIJ digital: obras que hacen uso significativo del medio porque su diseño lo requiere. Somos conscientes de la insuficiencia de producciones como para certificar esta evolución dentro del campo, pero también somos conscientes de los indicios que nos hacen intuir este cambio: la adopción natural de la interactividad por parte de los creadores vinculados a la LIJ; el coqueteo de artistas provenientes del mundo electrónico con la ficción infantil y juvenil; o la explosión del uso de “lo literario” en el ámbito videojuego, lo que sin duda abrirá nuevas formas de diálogo entre ambos universos (ejemplos como Gone Home, The Stanley Parable o The Novelist son perfectos ejemplos de ello).

Las etiquetas que le pongamos a lo que salga de todo esto ya vendrán más adelante porque sabemos que la delimitación conceptual, editorial y comercial de las obras facilita enormemente su localización y distribución dentro del sistema. Pero no dejemos que esto nos impida acceder a esas obras que tanto enriquecen nuestro campo y que, como dice Katherine Hayles, “son literarias aunque en sí mismas no sean literatura”.

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