¿Ipads en clase? ¿Para qué?

He leído recientemente una noticia sobre la alianza entre una gran empresa editorial y otra gran empresa de comunicación, por la cual ambas se comprometen a implementar los últimos descubrimientos tecnológicos en el área de la educación. La noticia es, a priori, de celebrar, pues si hay algo que muchos echamos en falta en las escuelas de hoy es la puesta en práctica en las aulas de las maravillosas ideas surgidas del trabajo de investigación que se lleva a cabo en diversos entornos, entre los que se encuentran las universidades.

Por suerte, muchos investigadores individuales comprometidos con su trabajo como docentes han decidido tomar las riendas del asunto. Sus afortunados alumnos y otras personas cercanas a su entorno laboral ya se están beneficiando de estas acciones. Los docentes que llevan a cabo estas actividades suelen ser personas anónimas, cuyo trabajo se difunde bien a través de publicaciones especializadas, bien a través de medios marginales como blogs que permiten que personas ajenas a su entorno sepan y aprendan de su experiencia. Un regalo en toda regla.

Podría citar innumerables investigadores y grupos de investigación serios que aplican sus aprendizajes con los niños o mediadores que están formando. Por cercanía, citaré el proyecto de la Escuela Francesc Aldea (Terrassa, Barcelona), que ha hecho de la lectura un eje central sobre el que rotan todas las actividades escolares (en el enlace encontrarán la presentación del proyecto en catalán), y que bebe principalmente de las investigaciones de Lara Reyes. También, y aunque geográficamente se encuentra más alejado de mi entorno, el blog de experiencias lectoras con adolescentes de las investigadoras Evelyn Arizpe y Laura Guerrero: Transformaciones lectoras (en inglés Reading Changes). Son solo dos muestras del trabajo de numerosísimos profesionales que dan clase de forma rigurosa y vocacional en escuelas, programas de máster y también cursos no reglados, implicando mucho tiempo y esfuerzo para ofrecer lo mejor de lo que han podido descubrir con sus a menudo limitados recursos.

Ejemplos como estos evidencian que la enorme distancia que existe entre la investigación universitaria (considerada elitista) y la realidad de la educación (considerada continuista) no es solo un aspecto para criticar sino también un espacio potencial y necesario de acción. El investigador que busca esta conexión, sin embargo, suele encontrarse con muy diversos impedimentos, desde simples obstáculos administrativos hasta la incomprensión de la relevancia de sus conocimientos por parte de los posibles empleadores.

El caso que nos ocupa en este blog, el de la literatura infantil digital, este problema tiene hoy algunos rasgos comunes con el sistema literario tradicional y también otros particulares. Para empezar, hay que entender que el estudio de la LIJ digital realmente pertenece al caso más general del tratamiento de la literatura en (o a través de) medios no escritos, también parcialmente desatendido en las aulas de manera general. Y después de lo comentado hasta ahora, parece evidente que el problema de la enseñanza de la LIJ digital comparte numerosos aspectos con el de la enseñanza de la literatura en general.

Sin embargo, mientras los libros impresos cuentan con un gran reconocimiento social (al menos aparentemente), las ficciones de otro tipo han encontrado más discrepancias en escuelas, empresas e instituciones por diferentes motivos, entre los que destaca la generalizada falta de conocimiento sobre este campo de estudio. Los argumentos de resistencia a lo digital en educación van desde los posibles daños neurológicos por exposición a las pantallas, hasta la falta de interés por las nuevas creaciones, pasando por las dificultades logísticas que se imponen en el acceso a estos tipos de ficción. Basados en juicios más o menos lógicos, dependiendo del caso, lo que es innegable es que en el momento actual convivimos con estas ideas, y que en parte son las que nos impiden profundizar en los pros y los contras del uso y enseñanza de otros tipos de ficción (por otra parte, omnipresentes en la vida cotidiana de niños y adolescentes).

Los a veces sensatos y a veces impulsivos argumentos en contra de las pantallas no han hecho más que añadir una nueva barrera al estudio de la literatura en las aulas, agrandando la distancia entre la investigación y la educación (pienso, por ejemplo, en el caso de los videojuegos), justo cuando más se necesita esta colaboración. Pero lejos de asumir ciegamente o desdeñar por decreto estos razonamientos, parece razonable afirmar que la solución a este enquistamiento se encuentra en exponer otros puntos de vista informados que equilibren la balanza entre las consecuencias positivas y las negativas de la entrada de estos nuevos (y no tan nuevos) tipos de ficción en las aulas.

Lo que debería ser obvio es que no se puede construir la casa por el tejado. ¿De qué sirve inundar urgentemente las aulas de literatura de iPads si la mayoría de los docentes no saben explicar a sus alumnos la calidad o la falta de calidad de un cuento interactivo? ¿Alguien ha osado afirmar que es necesaria una pantalla de cine en cada aula para poder hablar de la narración cinematográfica? ¿No bastaría con adoptar otras medidas más accesibles, como salir al cine con los alumnos y seguir el trabajo en clase?

La aparición de los nuevos argumentos en contra de las pantallas demuestran que el verdadero problema es de nuevo la falta de reflexión de los agentes implicados. Las acciones improvisadas de escuelas y gobiernos están haciendo flaco favor desviando el debate educativo hacia cuestiones de carácter económico y social, cuando lo que debería interesarnos es el efecto real que tiene la introducción de nuevos conocimientos en el aprendizaje de los alumnos para darles acceso a una vida más plena y con más recursos (de los intangibles).

Si, volviendo a nuestro ámbito, lo que nos interesa es la enseñanza de la literatura, debemos ser conscientes de que el trabajo hoy todavía está en la concreción de las ideas, en la elaboración del debate educativo, en la discusión detallada sobre qué interesa enseñar, por qué y cómo. No importa que no tengamos treinta tabletas por aula. Una vez que estemos seguros de lo queremos enseñar, una vez que sepamos exponer el interés del contenido para el futuro de los estudiantes, entonces encontraremos la manera de llevarlo a la práctica.

Pueden leer sobre un ejemplo de uso de tabletas en el aula de educación especial en una de las entradas favoritas de los lectores y autores de Literaturas exploratorias.

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